¿Cómo vende tu discurso interno?

¿Cómo vende tu discurso interno?

Recuerdo la primera vez que me puse delante de un grupo de personas para dar una pequeña presentación.

Yo trabajaba en un operador móvil y teníamos que presentar un plan de precios a una cooperativa de camioneros. Como en ese tipo de asociación no es una la persona la que decide, sino todos en consenso, no nos quedó mas remedio que aceptar una reunión donde estarían todos los camioneros y con los que, en no mas de 20 minutos, tendríamos que presentarles las tarifas y “convencerlos” para que se cambiasen de compañía.

Lo mejor de todo esto es que la reunión se fijó para las 5 de la mañana.

Poco después empezaba a funcionar la lonja mayorista y muchos de los encargos salen por carretera hacia restaurantes, hoteles, cadenas comerciales, etc … de toda España.

Dado que la cooperativa está dentro de la zona portuaria y a escasos metros de la lonja, a partir de las 6:00 – 6:30 … aquello es un hervidero de camiones.

Recuerdo que la noche anterior estaba muy nervioso.

Ya había tenido la oportunidad de hablar con alguno de los camioneros y, amig@ mío, te aseguro que era como en las películas: un tipo rudo, directo y sin ganas de perder el tiempo.

No llevaba cortadas las mangas de la camisa, pero te aseguro que, su barba y su larga melena, ayudaban a que la imagen externa infundiese cierto respeto.

Sólo pensar en que delante mía tendría a 90 camioneros así … me temblaba todo.

Varios compañeros habían intentado venderles y daban el caso como imposible.

No son clientes fáciles” – me decían todo el tiempo – “prepárate porque te van a rebatir y tirar todos tus argumentos por el suelo desde el minuto cero”.

El escuchar esto durante la semana previa, te aseguro que no me ayudó nada.

4:30 de la mañana

Cojo el coche y me voy a recoger al compañero que vendría conmigo de apoyo.

¿Preparado?” – me pregunta al entrar en el coche

Creo que si …” – recuerdo haberle dicho.

El trayecto apenas eran 10 minutos pero, para mi, se me hizo eterno.

Fueron 10 minutos de un discurso mental muy agotador.

Como te pongas nervioso, lo van a notar … y sueles ponerte muy nervioso en temas importantes” – me decía.

No vas a poder hacer frente a este reto … ¿ y si te pones enfermo ?” o “No vas a ser capaz … te vienes abajo con facilidad” eran lindezas que mi cerebro me regalaba y que apenas me dejaba ver por donde conducir.

Viéndolo ahora, recuerdo a un Felipe muy nervioso, casi sudando ( y eso que era pleno invierno y te aseguro que hacia mucho frio ) y con un discurso destructivo cuya velocidad aumentaba a medida que me acercaba a la pequeña oficina que servía para que los camioneros esperasen sus ordenes de transporte mientras hablaban y se tomaban un café calentito.

De hecho tan nervioso estaba, y tan absorto por mi diálogo interno, que ni siquiera me enteré de que la sala donde íbamos a hacer la presentación estaba vacía.

Mi compañero estaba hablando con el responsable de coordinar las rutas, el cual le estaba comentando que, sintiéndolo mucho, no podríamos hacer la presentación dado que casi el 80% de los conductores estaban en ruta con varios pedidos de larga distancia que surgieron hacia unos días y con carácter de urgencia.

Yo seguía en mi mundo y, con mi maleta donde llevaba los terminales, me disponía a colocarlos en una pequeña mesa blanca que había en el centro de la sala.

¿ Qué haces ?” – me dijo mi compañero silenciando mi dialogo interno al tocarme el hombro.

¿ No escuchaste ?” – una sonrisa se dibujaba en su boca. Sinceramente creo que se había dado cuenta que estaba nervioso.

“ La mayoría de los camioneros no están así que volveremos en unos días” – me dijo mientras que empezó a recoger los terminales que había dejado encima de la mesa.

El alivio que sentí en ese momento fue indescriptible. Sentí como los niveles de adrenalina, ansiedad y miedo se estabilizaban a su normalidad.

Ese día estuve pensando mucho sobre lo que me había ocurrido.

“Causalidades” de la vida, al mediodía, en uno de estos periódicos gratuitos que antes regalaban por la calle ( desconozco si lo siguen haciendo ), se leía un titular que hablaba del saboteador interno.

De hecho el titular, si no recuerdo mal, era algo como “Lo que te dices, lo que haces”.

Estoy hablando de un hecho de hace unos 9 años. Por aquel entonces, por lo menos en la zona donde yo trabajaba y vivía, hablar de inteligencia emocional era como hablar de los extraterrestres.

Aquel artículo me hizo reflexionar y ser consciente de lo que yo me había dicho en esa mañana … y sus resultados.

No puede ser cierto que sea tan fácil … no me lo creo “ – fue mi primera reacción.

De fácil no tiene nada … créeme.

El darte cuenta de tu discurso interno es un gran paso ( la mayoría de las personas siguen absortas en dicho diálogo y, lo peor, es que no son conscientes de él a pesar de que si sufren los efectos del mismo ).

Esa semana aproveché para leerme un libro que un gran amigo me había regalado y que hace ya un tiempo estaba acumulando polvo en la estantería.

¿ El autor ? En aquel momento, para mi un desconocido Tony Robbins.

Cogí el índice y me fui directamente a la parte del dialogo interno. Profundicé mucho mas en ese campo con la esperanza de que pudiese darme algo extra que llevarme a la presentación de los camioneros.

Primer paso: ser consciente de tu discurso interno

Segundo paso: retar a tu discurso interno. Ya te adelanto que te sientes raro porque … ¿ llevarte la contraria ? ¿a ti mism@? … raro, muy raro.

Tercer paso: cambiar el discurso por uno que, no sólo sea positivo por que si, sino que tenga una razón verdadera.

Sueles ponerte muy nervioso en temas importantes” lo fue reflexionando hasta que logré el modificar ese discurso por un “Si, es cierto que puedo llegar a ponerme nervioso antes situaciones importantes porque quiero dar lo mejor de mi. Y precisamente para dar lo mejor de mi, decido estar tranquilo”.

Cuarto paso: integrar ese nuevo discurso en mi rutina interna, para lo que tuve que repetirme varias veces el nuevo dialogo ante la aparición del antigüo ( también te adelanto que, cuando menos me lo esperaba, saltaba la “vieja canción” que no quería escuchar ).

Durante casi las dos semanas siguientes fue trabajándome mi diálogo interno.

Y llegó el día: nos avisaron por la tarde de que, si queríamos ver a todos los conductores juntos, podíamos aprovechar que al día siguiente había junta extraordinaria. Nos dejarían 20 minutos.

Allí nos plantamos al día siguiente

Era un sábado a las 16:00 de la tarde. El ambiente era mucho mas tranquilo.

La noche anterior dormí bien, por lo que pensé que el miedo ya se había solucionado … que equivocado estaba.

Justo antes de comer empecé a notarme raro.

Recuerdo que de camino a casa, parado con el coche en su semáforo, me pregunté: “¿ qué está pasando?”.

Y, casi de una manera automática, verbalicé “¿qué estoy pensado?”.

Efectivamente allí estaba la “vieja canción” de “no lo podrás hacer”, “te vas a poner nervioso”, “para esto no sirves”, etc …

Llegué a casa y lo primero que hice fue buscarme un lugar donde respirar y relajarme, ser consciente de lo que estaba diciendo mi discurso interno y actuar en consecuencia.

Lo mismo tuve que hacer cuando salí de casa para recoger a mi compañero, aunque, en esta ocasión, las sensaciones fueron muy distintas.

Uy, ¿ qué pasa? … te veo sonriendo y todo ¡! “ – me dijo mi compañero mientras entraba en el coche.

Si, hoy va a ser muy diferente” – no es que sólo lo dijera … lo sentía.

La presentación no fue de las mejores que he hecho pero, en esa ocasión, salí muy contento de allí … y con un contrato gigante ¡!!!

A partir de entonces algo que, cuando acompaño a comerciales, suelo hacer es preguntarle sobre su discurso interno.

Y tú, ¿ qué te dices ?

Un abrazo,

Felipe

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